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Cuando la madera prende, el fuego se convierte en humo. El humo ensucia el aire que se respira, y el aire se corrompe. Es fácil perderse. Yo me sentía una chimenea, una fogata que siempre prende. Estaba perdida, era como el humo... constantemente ondeando según le dicta el viento. Marchándose de su lugar de origen, desapareciendo, huyendo. Di otra calada más de aquello que me convertía en una adicta. Saboreé su aroma, su gusto, volví a intentar huir.
Me escocían los ojos, pero ni un simple movimiento parecía reaccionar a ello. Seguí allí, sentada, durante minutos, horas tal vez. Perdí la noción del tiempo. Vi amanecer, de nuevo. Últimamente había tomado la fea costumbre de sentarme en mi ventana hasta ver los primeros rayos del sol; con casi todo mi cuerpo hacia el exterior; tendida para caer con un pequeño movimiento que nunca llegaba. No me apetecía demasiado salir a festejar nada, no había nada que celebrar.
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