William Shakespeare

¿Por qué mis versos se hallan tan desprovistos de formas nuevas, tan rebeldes a toda variación o vivo cambio? ¿Por qué con la época no me siento inclinado a métodos recientemente descubiertos y a extraños atavíos? ¿Por qué escribo siempre de una sola cosa, en todo instante igual, y envuelvo mis invenciones en una vestidura conocida, bien que cada palabra casi pregona mi nombre, revela su nacimiento e indica su procedencia? ¡Oh, sabedlo, dulce amor, es que escribo siempre de vuestra persona y que vos y el amor sois mi eterno tema; así, todo mi talento consiste en revestir lo nuevo con palabras viejas y volver a emplear lo que ya he empleado. Pues lo mismo que el sol es todos los días nuevo y viejo, así mi amor repite siempre lo que ya estaba dicho.

sábado, 21 de agosto de 2010

Me muero si te vas. Capítulo 2.

Helado de chocolate. Delicioso. Perfecto para calmar un día triste. Una cucharada más a la boca, y otra. La enorme tarrina de helado del supermercado ya estaba por la mitad. Otra cucharada más. Realmente delicioso. Satisfactorio. Una vez oí que el chocolate es el sustituto del sexo, pensó y dejó escapar una corta risita. A mí el chocolate me satisface más. Lamió la cuchara sopera y cerró el tarro de helado para alejarlo de su vista, pero dejándolo lo suficientemente cerca de sí misma como para tentarse, huye de las tentaciones, despacio... para que puedan alcanzarte. Volvió a reírse. Se tumbó en el sofá y cerró los ojos. Quedó pensativa mientras se inundaba de silencio.


Poco después se reincorporó. Miró su teléfono móvil sobre la mesa. Lo agarró y lo abrió buscando alguna llamada perdía, algún mensaje de texto. Nada, no había nada. Sintió desilusión, respiró profundamente y cerró el móvil con fuerza tirándolo al sillón de su derecha. Volvió a dar un fuerte suspiro, entrelazó sus dos manos, con fuerza, y se apretó a sí misma. Como si fuera el único modo de dejar salir su rabia contenida. Bajó la cabeza y se miró los pies, pensativa. Y como si un puñal la atravesara derramó algunas lágrimas fugaces que dejó caer al suelo. Había estado esperando esa llamada más de dos hora y aún no había llegado. Tendría que seguir esperando, pensó. Tal vez le haya pasado algo... Tal vez el móvil no le funcione... Tal vez yo haya hecho algo mal y por eso no me llama... Y se llenó de posibles tal vez que no eran ciertos, que en el fondo sabía que no lo eran, pero que al menos intentaban engañarla para evadirse de la realidad. De la realidad de que se había olvidado completamente de ella. De que tenía cosas más importantes que hacer. Más importantes que ella.

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